viernes, 20 de abril de 2012

UN POETA MERCENARIO


UN POETA MERCENARIO
En Arezzo (Italia), nació aquel día el hombre a quien Ariosto habría de llamar con razón "azote de los príncipes". Era Pietro Aretino, hijo de un humilde zapatero. Cínico, mendaz, desvergonzado, pero favorecido por una vena satírica fértilísima, pondría esta habilidad al servicio exclusivo de su medro personal, chantajeando sin escrúpulo a todos los grandes de la época, desde el Papa Clemente Vil hasta los monarcas francés y español, Francisco I y Carlos V.

La insolencia de este hombre rayaba en lo increíble. Una vez, cuando por mandato del rey de Francia le fue entregada, para acallarle cierta cuantiosa suma de dinero, le dijo cínicamente al portador:

— No os sorprenda que calle. Tanto he gastado la voz para pedir, que no me quedan fuerzas para agradecer.

Así vivía, entre la adulación y el ataque alevoso. No es, pues, extraño que tan equívoca conducta le acarrease disgustos. Conoció la prisión y el destierro, y, una vez, por haber acusado al embajador inglés de la sustracción de cien ducados, a punto estuvo de perecer apaleado.

Por lo demás, el elogio y la sátira brotaban de su pluma con la misma fluidez, aunque siempre sin otra razón que la ganancia. Consiguió así vivir en la opulencia y aún compaginar, en mezcla inaudita, la elevación poética de acento religioso con la obscenidad más desvergonzada.

Este ilustre depravado, que no tenía empacho en autotitularse "el Divino", es fama que vino a sucumbir de un ataque de risa cuando escuchaba complacido el relato de las desenvolturas de una hermana suya. Pero ni entonces, recibida ya la Extremaunción, se mordería la última boutade.

— Por favor —dijo a los que le rodeaban—, ahora que estoy bien engrasado, libradme de los ratones.

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