Mostrando entradas con la etiqueta Leyendas cortas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Leyendas cortas. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de enero de 2011

LA CONFESION DE UN MUERTO EN LA BASILICA DE GUADALUPE

CONFESION DE UN MUERTO EN LA BASILICA DE GUADALUPE
Existen otras leyendas sobre la Basilica de guadalupe como: El fantasma de la Basílica de Guadalupe o Los campanazos de la antigua Basílica de Guadalupe, sin embargo hoy contaremos la de "LA CONFESIÓN DE UN MUERTO".

Esta apasionada historia a traido a varios turistas a la Antigua Basílica de Guadalupe por un misterio sin resolver aqui la historia:

La historia cuenta que una noche del siglo XVII, el cura de la Antigua Basílica de Guadalupe estaba a punto de retirarse de allí con sus familiares cuando vió que entraba un hombre de elegante apariencia que le solicitó la confesión, por lo que el cura pidió a unos familiares que lo esperaban unos minutos.

Los familiares del abad lo esperaron y después de un rato él salió espantado, con el rostro pálido, y cerró las puertas, por lo que sus familiares se extrañaron y le preguntaron ¿Por qué cerraba? si el hombre elegante aún no había salido, sin embargo, el Cura se negó a contestar y los apresuró a dejar el lugar.

Ya en casa de ellos uno de sus sobrinos le preguntó al Cura que le había pasado, el Cura llevó su mano derecha hacia su oído haciendo notar que no escuchaba bién.

Nuevamente el sobrino le hizo la misma pregunta, el Cura le respondió que el hombre que había entrado a la Basílica horas antes era un muerto que había venido de ultratumba para confesarse, y que después de escuchar la confesión había empezado a tener dificultad para escuchar por el oído derecho.

El cura nunca pudo contar por secreto de confesión lo que le había dicho el misterioso personaje, guardando el secreto de confesión y quedando así la duda para siempre.

miércoles, 5 de enero de 2011

LA MUJER DE LA BOCA CORTADA

LA MUJER DE LA BOCA CORTADA
Existe una leyenda en Japón que tiene sus orígenes en la mitología de dicho país. Es la llamada "Kuchisake-Onna".

Kuchisake Onna, también conocida en Castellano como la mujer de la boca cortada, es una leyenda terrorifica de una mujer que fue asesinada y desfigurada por su esposo, convirtiéndose en un yokai (espíritu demoníaco) que regresó para vengarse, lleva una tijera grande con la cual ataca y mata a sus victimas. Su enorme hendidura de la boca se extiende de oreja a oreja en una horrible sonrisa.

La mujer camina por las calles de Japón a la caza de sus victimas . Si te cruzas en su camino, ella te detiene y te hará una pregunta. Si le das la respuesta equivocada, habrá consecuencias horribles.

La leyenda dice que hace mucho tiempo había una preciosa pero vanidosa mujer que se casó con un samurai. La bellísima mujer era amada y pretendida por muchos hombres y acostumbraba a engañar a su marido. El samurai sabía de las infidelidades de su esposa por lo que un día en un ataque de celos y furia le cortó la boca de un lado a otro mientras gritaba

-¿Piensas que eres hermosa? ¿Quién va a pensar que eres hermosa ahora?-

Se dice que desde entonces una mujer con la cara tapada, por una máscara como la que usan los cirujanos, vaga por las calles de Japón. Cuando encuentra a un hombre joven (mujeres según otras versiones) se acerca y les pregunta con el rostro cubierto:

¿Atashi kirei? (¿Soy hermosa?)

Recordemos que en Japón el uso de máscaras para evitar enfermedades y no respirar el aire contaminado es bastante habitual, por lo que los chicos normalmente al ver sus bonitos ojos y sus suaves rasgos responden que SÍ. En ese momento la mujer retira la máscara dejando al descubierto la horrible hendidura que se extiende de oreja a oreja con una escalofriante sonrisa. Y les pregunta de nuevo: ¿Kore Demo? (¿Y ahora?)

Todo aquel que dice que no, se asusta, grita o muestra el miedo en su cara es atacado por el espíritu que con unas tijeras gigantes les corta la cabeza. 

Sí la víctima responde de nuevo que sí ”solamente” le cortará la boca de lado a lado para que sufra su misma suerte. En otras versiones si respondes afirmativamente las dos veces la mujer te seguirá hasta la puerta de casa donde te asesinará igualmente, ya que "kirei" en japonés para hermosa o linda es muy parecido a decir "kire" que significa cortar.

Es imposible escapar de Kuchisake-Onna, puedes salir corriendo pero aparecerá frente a ti de nuevo. Hay varias formas de escapar que varían según la versión de la leyenda: 

- Puedes contestar con otra pregunta: ¿Y yo? ¿Soy hermoso? Eso confundirá al espíritu que se quedará pensativo dándote tiempo a escapar.

- También puedes llevar dulces contigo y se los tiras o simplemente se los ofreces quedará contenta con el regalo y te permitirá marcharte.

De manera que tened cuidado con las bellas japonesas que escondan su rostro bajo una mascarilla, pues podrían ocultar algo más que una impactante sonrisa.

martes, 4 de enero de 2011

LA LEYENDA DEL MINOTAURO


LA LEYENDA DEL MINOTAURO
Existen varias versiones acerca de que Pasífae (esposa del rey Minos de Creta) necesitase de el toro de Creta, toro blanco enviado por Poseidón, dios del mar.

La más extendida dice que Minos, hijo de Zeus y de Europa, pidió al dios Poseidón apoyo para suceder al rey Asterión de Creta frente a sus hermanos Radamantis y Sarpedón.

Poseidón se lo concedió  haciendo salir de los mares un toro blanco, al cual Minos prometió sacrificar en su nombre. Sin embargo Minos se quedo maravillado por las cualidades del hermoso toro blanco, lo escondió entre su rebaño y sacrificó a otro toro en su lugar esperando que el dios del océano no se diera cuenta del cambio.

Minos había ofendido gravemente a Posidón quien como venganza hizo que Pasifae se enamorase del animal.

El castigo de Poseidón continuaba y fruto de dicha unión nació el Minotauro, sólo comía carne humana, y conforme crecía se volvía más salvaje hasta el punto de llegar a ser incontrolable, por tal motivo a la vez que escondía su vergüenza y protegía a su pueblo, el rey Minos ordenó a Dédalo que le construyera un laberinto del que el monstruo nunca pudiera salir.

Al mismo tiempo que el laberinto, uno de los hijos de Minos, Androgeo, fue asesinado en Atenas. El rey de Creta declaró la guerra a los atenienses. Minos ayudado por la peste que azotó a los asediados, conquistó he hizo rendir a Atenas.

La victoria de Minos imponía varias condiciones por la rendición, y se dice que el oráculo de Delfos aconsejó a los atenienses ofrecer un tributo a Creta.Según dos versiones la frecuencia de este tributo como sacrificio para el Minotauro varía "Según una historia, las catorce vírgenes eran enviadas anualmente" en cambio, "la otra dice que los siete muchachos y siete doncellas eran llevados cada nueve años."

Los jóvenes eran internados en el laberinto, donde vagaban perdidos durante días hasta encontrarse con la bestia, sirviéndole de alimento.

Tras años de imposición del castigo, "unos dicen que Teseo se enteró del sacrificio de los jóvenes y se ofreció voluntario como víctima, con la intención de matar al Minotauro y liberar a Atenas de un cruel destino. Otra dice que era el propio Minos quien elegía a los jóvenes que servirían de alimento al Minotauro y enterado del aprecio que sentía Egeo por Teseo, quiso que éste fuera devorado en el laberinto.

Con la ayuda de Adriadna la hija del rey que se había enamorado de él, logro su propósito: Adriadna le ofrece a Teseo un ovillo de hilo que le ha dado Dédalo, el arquitecto del laberinto. Habiéndo atado uno de sus extremos en la entrada y siguiendo el hilo por los intrincados vericuetos del laberinto, Teseo puede, efectivamente, encontrar la salida.

lunes, 3 de enero de 2011

LEYENDA DE EL BOSQUE DE LOS SUICIDIOS

LEYENDA DE EL BOSQUE DE LOS SUICIDIOS
El bosque de Aokigaha. Este bosque se ha convertido en un imán para los suicidas, la literatura japonesa tiene la culpa, ya que hace unos años se publicaron libros como Una guía detallada sobre cómo cometer suicidio, donde este bosque fue descrito como ideal para el suicidio. A partir de la publicación comenzaron los suicidios, sin parar hasta la actualidad. Dicen que ya ocurrieron más de 300 suicidios en ese tétrico bosque.

Esta Leyenda de terror trata de un temeroso conductor que encuentra a una pareja pidiendo ayuda cerca de un bosque conocido por ser el lugar de numerosos suicidios.

Una noche un hombre iba atravesando por un bosque, donde había ocurrido muchos casos de suicidio. El bosque era tan enorme que apenas se encontraban los restos. El hombre iba en coche, y con un poco de miedo, ya que conocía la fama que tenía ese bosque.

Dios mío, no me extraña que vengan aquí a suicidarse, esto está más perdido que… eh, ¿qué es eso?”

Notó que había algo en la carretera y cuando estaba ya cerca vio que era una pareja tendida en el suelo. La chica no se movía pero el chico estaba haciendo señal pidiendo ayuda.

El hombre se bajó del coche y le preguntó: ¿Qué os ocurre, en un sitio como aquí?

...Vinimos a suicidarnos... Nosotros queríamos casarnos, pero nuestros padres no nos permitieron por eso vinimos aquí, pero estoy arrepentido, por favor llévanos a algún hospital...

El hombre llevó al coche a la chica que no se movía y le ayudó al chico a subir. Corrió todo lo que podía hasta llegar a un hospital más cercano mientras oía la voz del chico...¿Está lejos el hospital?...Por favor dese prisa...

El coche llegó al hospital. ¡¡Socorro, por favor, hay dos que están muy grave!!. 

El hombre explicó todo lo que había pasado mientras sacaban a los dos de su coche. Parecía que el chico había perdido el conocimiento. 

El hombre tuvo que esperar un buen rato hasta que salió el médico que examinaba a los dos. "Doctor, ¿cómo están? ¿Se salvará la vida?

Siéntese... Vamos a ver, según lo que explicó los encontró en el bosque, ¿verdad? "Sí" ¿Hace cuánto tiempo?  

Hará.. como una hora o un poco más... Y dice que habló con el chico. Sí, la chica no estaba consciente pero el chico me explicó lo que pasó y todo el camino me estaba diciendo que corriera, que me diera prisa. 

Es que... es muy extraño... Los he examinado y los dos están muerto por lo menos desde hace 5 horas..

domingo, 2 de enero de 2011

ROBIN HOOD, REY DE LOS BOSQUES, PRINCIPE DE LOS LADRONES


ROBIN HOOD, REY DE LOS BOSQUES, PRINCIPE DE LOS LADRONES
"Se trata de una leyenda donde el noble Robin de Locksley, después de su vuelta de las cruzadas, se sitúa al borde de la ley luchando contra el malvado Sheriff de Nottingham, que gobierna sus tierras de forma despótica y causando mal a sus súbditos, hasta el extremo de haber confiscado las propiedades de más de un noble, incluido el propio padre de Robin.

Robin se refugia con sus seguidores en el bosque de Sherwood, desde donde planean los ataques contra el poderoso Sherif. Paralelamente, Robin vive un romance con una bella noble, Lady Marian."

La mañana era deliciosa. Dos amigos gozaban de ella paseando por el camino real que atraviesa el bosque de Sherwood. Sus nombres, Robin Hood y Pequeño Juan, despertaban las iras del tirano que gobernaba el país con sólo ser pronunciado delante de él.

En efecto, ambos paseantes tenían su cabeza puesta a precio por el príncipe Juan, que así se llamaba el déspota, a causa de una vieja historia.

Todo empezó con la partida del rey Ricardo, querido y respetado por sus súbditos, a las Cruzadas de Oriente. Su hermano, el príncipe Juan, aprovechó su ausencia para usurpar el trono y establecer una cruel tiranía en el reino.

Contra él se alzaron Robin Hood, Pequeño Juan y otro valientes. Tenían unas pocas armas y la firme decisión de acabar con su poder para siempre.

- Este es un buen sitio – dijo Robin deteniéndose en una revuelta del camino. Planeaba un asalto a la comitiva del príncipe, que pasaría por allí.

- ¿Y qué haremos para quitarle el dinero? – preguntó Pequeño Juan. Aludía a las exorbitantes sumas por el déspota a los aldeanos de Nottingham en concepto de impuestos.

- No te preocupes, algo se nos ocurrirá.

Y llegó el cortejo. El príncipe se aproximó entre redobles de tambor; los dos amigos, disfrazados de gitanas, aguardaban a la vera del camino.

- ¿Conocéis vuestro provenir, oh príncipe? – gritó Robin en el instante oportuno.

- ¡Nosotras lo leemos claramente en las líneas de la mano! – rubricó Pequeño Juan.

- ¡Alto! – ordenó el tirano a sus lacayos, repentinamente interesado.

Robin se introdujo en su litera y le distrajo con artificios mientras se apoderaba de cuantos objetos de valor había allí. Pequeño Juan practicaba un orificio en el arcón que contenía las recaudaciones, y se hacía con el tesoro sin que sus guardianes se diesen cuenta. 

Con un agudo silbido, Robin dio a su compadre la orden de retirada, y los dos se esfumaron entre el follaje del bosque. Cuando el príncipe y sus servidores quisieron reaccionar, ya era demasiado tarde. El dinero volvió a los bolsillos de sus dueños. Fray Tuck, unos de los rebeldes, servía de enlace entre Robin y los aldeanos; estaba muy al tanto de lo que sucedía en la Corte.

- Ya falta poco para el concurso de tiro, Robin.

- Lo sé, Fray Tuck, y pienso asistir.

- ¿Sabes también que Marian entregará el premio al vencedor? – dijo el clérigo, con gesto travieso.

- ¿Marian? ¡Oh! – El asombro de Robin no tuvo límites. ¡Qué gran ocasión para ver a su enamorada! ¡Hacía tanto tiempo desde la última vez!

Aun a sabiendas de que el príncipe Juan le preparaba una celada, Robin entró en el castillo de Nottingham – lugar del concurso y residencia del tirano – disfrazado de paje. Dos cosas se proponía: ganar en noble lid y liberar a su amada.

Un misterioso duque fue presentado al príncipe Juan. Decía venir de un lejano contado, y obtuvo un asiento en la tribuna principal, justo a su lado. Mal podía suponer el traidor que estaba invitando a Pequeño Juan. Marian, hermosa y triste, ocupaba el asiento a la derecha de su opresor.

El concurso se desarrolló con normalidad, y pronto quedaron en liza los mejores arqueros. La pericia de Robin y del sheriff de Nottingham, recaudador de impuesto del italiano, prevalecía.

El sheriff colocó su última flecha en el centro de la diana. Tal lanzamiento parecía insuperable. Robin, sin embargo, los desbarató, desplazando la flecha del rival con la suya, en un alarde de precisión que entusiasmó a los espectadores. Era el vencedor.

Pero el príncipe Juan había reconocido la maestría de Robin, y no se dejaba engañar por su falso atuendo. En el momento del espaldarazo ritual al triunfador, rasgó con su espalda el disfraz del proscrito.

- ¡Detened al impostor! – rugió el príncipe. Sus soldados cumplieron la orden al instante.

- ¡Yo te condeno a muerte! ¡Ejecutad aquí mismo la sentencia!

Un poderoso brazo se enroscó en la garganta del príncipe; el filo de un puñal enfriaba su mejilla.

- ¡Manda que suelten a Robin, o morirás antes que él! – le conminó Pequeño Juan.

- ¡Soltadle! – gimió el tirano.

Apenas se vio libre, Robin corrió hacia Marian, tomó una de sus manos, y gritó a Pequeño Juan:

- ¡Vamos de aquí enseguida!

Se organizó un tumulto considerable. Parte del pueblo que asistía al acto a los soldados del príncipe, mientras nuestros héroes corrían hacia una puerta secundaria del castillo.

- ¡Que no escape ninguno con vida! – gritaba el príncipe, fuera de sí.

Al ver cerrada la puerta, los fugitivos treparon a las murallas, abatieron a unos cuantos soldados que les cerraban el paso, tendieron una cuerda hacia el exterior, y se deslizaron por ella ágilmente.

El príncipe Juan, enfurecido por la rebelión, juró vengarse de todo el pueblo.

- ¡Doblaré, triplicaré los impuestos a esos miserables! Pero ¡ay del que no pueda pagar! ¡Acabará podrido en las mazmorras de este castillo!

El herrero Tristán era una de las muchas víctimas del usurpador. Viejo y con una pierna rota, no tenía dinero para comer, pues todo se le ha en impuestos. Fray Tuck le llevaba alimentos cuando podía, y se esforzaba en consolarle.

- Pronto cambiarán las cosas en este país, amigo mío – afirmaba.

- ¡Dios lo oiga, Fray Tuck, porque mis pobres huesos ya no resisten! – solía responderle Tristán.

En una sus visitas a la herrería, Fray Tuck encontró allí al Sheriff de Nottingham, que, como de costumbre, se proponía esquilmar a Tristán. Tal fue su irritación, que la emprendió a palos con el infame:

- ¡Encaja esto, y esto! ¡Así aprenderás a respetar el dinero ajeno! – le decía, entretanto.

El sheriff, todo molido, llamó a sus soldados, y tanto Fray Tuck como Tristán fueron apresados.

- ¡Sois reo de alta traición! – gritó sheriff al clérigo -. ¡Conducidles a las mazmorras! – ordenó seguidamente a sus hombres.

Media cuidad de Nottingham estaba ya entre rejas por negarse a pagar los nuevos impuestos. El sheriff acudió a la celda de Fray Tuck.

- Mañana tendrás una cita con el verdugo. ¿Estáis preparado para rendir cuentas al Altísimo?
- Espero que sí – murmuró débilmente el prisionero.

- ¡Ja, ja, ja! Os veo ahora menos arrogante – se burló el sheriff, antes de retirarse.

Esa misma noche, dos sombras furtivas se deslizaron por las almenas del castillo. Eran Robin y Pequeño Juan, que se proponían liberar a Fray Tuck y demás prisioneros de las garras del tirano.

- Quieren ejecutar a Fray Tuck para atraer a Robin – dijo uno de los prisioneros que atendían a Tristán.
- Si apresan a Robin, no tendremos ya esperanzas – conjeturó otros de los allí presentes.

Robin y Pequeño Juan cruzaron el patio del castillo con el mayor sigilo, penetraron en un pasadizo, y pronto se hallaron a la vista de los calabozos, cuyo acceso estaba custodiado por dos guardianes.

- ¿Cuál es tu preferido? – susurró Robin.

- El de la izquierda; parece más fuerte – repuso Pequeño Juan, con voz casi inaudible.

Para ellos, fue sencillo inmovilizar a esos esbirros. Hubo que amordazarles bien; después, se toparon con el sheriff de Nottingham, que dormía junto a la entrada principal de las mazmorras.

- El debe tener las llaves – murmuró Robin.

Así era, en efecto. Hábilmente, se hizo con ellas, abrió la puerta, y dijo a su compañero:

- Toma, entra en las celdas y libera a todos los prisioneros. Procura que no hagan ruido. Yo, entretanto, haré una visita al príncipe Juan.

En poco tiempo, cientos de cautivos abandonaron los calabozos y siguieron a Pequeño Juan.

Robin, por su parte, trepó hasta la ventana del aposento del príncipe y pasó al interior. El tirano dormía en su lecho, rodeado de bolsas de oro.

Robin ató una cuerda al extremo de una flecha, disparó hacia una ventana de la prisión, y estableció un puente con Pequeño Juan.

A través de la cuerda se fueron deslizando cuantas bolsas de oro encontró Robin en la estancia; pero una de las últimas bolsas se rompió con estrépito.

El príncipe despertó sobresaltado, y dio la voz de alarma. Al momento, el sheriff y la guarnición entraron en acción. Robin atrajo sobre sí la atención, para dar tiempo a que los prisioneros escapasen.

Pequeño Juan y Fray Tuck supieron conducir a los suyos más allá de los muros del castillo, mientras Robin luchaba tenazmente contra sus enemigos.

Cercado en lo alto de una torre, Robin vendía caro su pellejo. Las flechas silbaban en torno a él cuando las espadas adversarias no buscaban su cuerpo.

También las llamas – provocadas por el sheriff acosaban a Robin, se asomó al borde de la muralla, y comprendió que sólo tenía una posible escapatoria: saltar al foso. Eso hizo, pese a la enorme altura, y salió con mucha suerte del trance. 

Día después, el rey Ricardo regresó de las Cruzadas sin previo aviso, venció a las huestes del usurpador, y devolvió la libertad a sus desgraciados súbditos.

Mal lo pasó desde entonces el príncipe Juan, encerrado a perpetuidad en una de las mazmorras.

El monarca, enterado de las hazaña de Robin Hood, quiso apadrinar su boda con Marian, y la ceremonia se celebró en medio del júbilo popular; grandes eran las perspectivas de paz y prosperidad en el reino.

sábado, 1 de enero de 2011

LA LEYENDA DE DOÑA BEATRIZ

LA LEYENDA DE DOÑA BEATRIZ
Vivía en la ciudad de México una hermosa joven, doña Beatriz, de tan extraordinaria belleza, que era imposible verla sin quedar rendido a sus encantos.

Contábanse entre sus muchos admiradores la mayor parte de la nobleza mexicana, y los más ricos potentados de Nueva España; pero el corazón de la bella latía frío e indiferente ante los requerimientos y asiduidades amorosas de sus tenaces amantes. Y así pasaba el tiempo; pero, como todo tiene un término en la vida, llegó el momento en que el helado corazón de doña Beatriz se incendió en amores.

Ello fue en un fastuoso baile que daba la embajada de Italia.

Allí conoció doña Beatriz a un joven italiano, don Martín Scípoli, de esclarecida y noble estirpe. La indiferencia de doña Beatriz fundióse entonces como la nieve bajo la caricia de los rayos solares, y sintióse la hermosa poseída de un nuevo sentimiento, en tanto que el joven, por su parte, se había también enamorado profundamente.

Poco tiempo después, don Martín se mostró excesivamente celoso de todos los demás adoradores de la hermosa doña Beatriz, promoviendo continuas reyertas y desafiándose con aquellos que él suponía que pretendían arrebatarle sus amores. Y tan frecuentes eran estas querellas, que doña Beatriz estaba afligida, y en su corazón comenzó a arraigar el temor de que don Martín sólo se había enamorado de su hermosura, de modo que, cuando ésta se marchitara, moriría, indefectiblemente el gran amor que ahora le profesaba.

Esta preocupación embargó su mente y amargó su vida en forma tal, que decidió tomar una resolución terrible, para poner a prueba el amor de su galán. Y al efecto, en el deseo de saber si don Martín la quería sólo por su belleza, un día en que su padre se hallaba de viaje, con un pretexto despidió a todos sus criados para quedar sola en su casa.

Encendió el brasero que tenía en su habitación, colocó enfrente la imagen de santa Lucía y ante ella rezó fervorosamente para pedirle le concediera fuerza y valor con que poner por obra su propósito. Después, atándose ante los ojos un pañuelo mojado, se inclinó sobre el brasero, y soplando avivó el fuego hasta que las llamas rozaron sus mejillas. Luego metió su hermosa cara entre las ascuas.

Terminada esta terrible operación, cubrió su rostro con un tenue velo blanco y mandó llamar a don Martín. Una vez en su presencia, apartó lentamente el velo que le cubría el rostro desfigurado por el fuego y se lo mostró al galán; solamente brillaban en todo su esplendor sus hermosos ojos relucientes como las estrellas. Por un momento su amante quedó horrorizado contemplándola. Luego la estrechó en sus brazos amorosamente. La prueba había dado un resultado feliz, y durante todos los años de su dichoso matrimonio, doña Beatriz no volvió a sentir el temor de que don Martín sólo la amara por su hermosura.

Fin