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domingo, 3 de enero de 2010

CUENTO EL ABETO

EL ABETO
CUENTO EL ABETO
"Un pequeño abeto sueña con hacerse mayor,  vpasan los años hasta que al fin ha crecido lo suficiente. Lo cortan y se lo llevan a la ciudad y el abeto muy contento piensa que le aguardan grandes cosas. Y efectivamente, es Navidad y es engalanado con todo tipo de adornos, y piensa que es el comienzo de una serie de hechos extraordinarios que le acontecerán. Pero pasadas las fiestas es encerrado en un rincón oscuro y, posteriormente, cortado en troncos para leña. Y así se dio cuenta de que el tiempo había pasado, y añoró el no haber disfrutado más del presente en vez de estar constantemente pensando en el futuro."

Allá en el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos.
Pero el pequeño abeto tenía mucha prisa por crecer. No pensaba en el sol tibio ni en el aire fresco, ni atendía a los niños de la aldea cuando pasaban charlando en busca de fresas o frambuesas. A veces venían con un canasto lleno o con fresas ensartadas en un junco, y se sentaban junto al arbolito y decían:
-¡Ah, qué bonito es!
Pero el árbol no quería oír nada de aquello.
Al año siguiente había crecido un buen trecho y al siguiente uno mayor aún; porque se puede siempre saber los años de un abeto si se cuentan sus tramos.
-¡Ah, si fuera grande como los otros árboles -suspiraba el arbolito-, y pudiera extender las ramas en torno mío y divisar con la copa el ancho mundo! Los pájaros anidarían en mis ramas y cuando soplase el viento, cabecearía con tanta gravedad como ellos.
No gozaba con los rayos del sol, con los pájaros ni con las nubes rojas, que al amanecer y al ocaso navegaban sobre él.
Cuando vino el invierno y la blanca nieve centelleaba en torno, llegaba corriendo con frecuencia una liebre y brincaba sobre el arbolito; ¡oh, era tan irritante! Pero pasaron dos inviernos y al tercero el árbol era tan grande que la liebre tuvo que ir alrededor suyo. Oh, crecer, crecer, hacerse grande y viejo era el único placer de este mundo, pensaba el árbol.
En otoño venían siempre los leñadores y cortaban algunos de los árboles más grandes. Ocurría cada año, y el joven abeto, que había ya crecido mucho, se estremecía ante ello, porque los grandes, espléndidos árboles caían en tierra con un estrepitoso crujido. Les cortaban las ramas y parecían desnudos, largos y delgados; apenas si se les reconocía, pero eran colocados en los carros y los caballos los sacaban del bosque. ¿Adónde iban? ¿Qué destino les esperaba?
En primavera, cuando vienen la golondrina y la cigüeña, les preguntó el árbol:
-¿No sabéis adónde los llevan? ¿No os los habéis encontrado?
Las golondrinas no sabían nada, pero la cigüeña pareció pensativa, afirmó con la cabeza y dijo:
-Sí, creo que sí. He encontrado muchos barcos nuevos cuando volaba a Egipto. Tenían magníficos mástiles; yo diría que eran ellos, olían a abeto. Puedo felicitarte cumplidamente: ¡con qué majestad se alzaban!
-¡Ah, si yo fuese lo suficientemente grande para volar sobre el mar! ¿Cómo es, en realidad, el mar, a qué se parece?
-¡Bueno, es tan complicado de explicar! -dijo la cigüeña, y se marchó.
-Goza de tu juventud -dijeron los rayos de sol-. ¡Alégrate de tu nueva estatura, de la vida joven que hay en ti!
Y el viento besó al árbol y derramó lágrimas sobre él, pero el abeto no entendía.
Cuando se aproximaba la Navidad fueron cortados muchos árboles jóvenes, árboles que con frecuencia no eran mayores ni de más edad que este abeto que no tenía paz ni sosiego sino que siempre quería marcharse. Estos jóvenes árboles, que eran precisamente los más hermosos, conservaban siempre sus ramas, eran colocados en los carros y los caballos los sacaban del bosque.
-¿Dónde irán? -se preguntaba el abeto-. No son mayores que yo, incluso había uno que era más chico. ¿Por qué conservan todas sus ramas? ¿Adonde los llevan?
-¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! -piaron los gorriones-. Hemos estado mirando por las ventanas allá en la ciudad. ¡Nosotros sabemos dónde los llevan! ¡Oh!, les espera el brillo y la gloria mayores que pueda pensarse. Hemos mirado por las ventanas y hemos visto que los colocan en medio de confortables salones y los adornan con las cosas más preciosas, como manzanas doradas, bollos de miel, juguetes y cientos de luces.
-¿Y después? -preguntó el abeto, temblando con todas sus ramas-. ¿Y después? ¿Qué ocurre después?
-Bueno, no hemos visto más. ¡Era maravilloso!
-¿Me tocará ir por este deslumbrante camino? -se regocijaba el árbol-. ¡Es mejor aún que cruzar el mar! Me muero de ansia de que sea ya Navidad. Ahora soy alto y ancho como los otros que se llevaron el último año. ¡Oh, si estuviese en el carro! ¡Si estuviera en el confortable salón con toda pompa y honor! ¿Y después? Sí, debe haber algo mejor, algo más hermoso, porque si no ¿para qué habrían de adornarme de esta forma? Tiene que ocurrir algo más grande, más espléndido. ¿Pero qué? ¡Oh, cómo lo deseo! ¡Cómo lo ansio! Ni yo mismo sé lo que me ocurre.
-Disfrútame -dijeron el aire y el sol-. ¡Alégrate con tu lozana juventud al aire libre!
Pero no gozaba de nada; crecía y crecía, invierno y verano se mantenía verde, verde oscuro. Al verlo, la gente decía:
-¡Qué árbol más hermoso!
Y en Navidad fue el primero que cortaron. El hacha se hincó hondo en la madera. El árbol cayó a tierra con un gemido. Sintió un pesar, un desmayo y dejó de tener pensamientos felices. Sintió pena de ser arrancado de su hogar, del lugar donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus queridos, viejos camaradas, los pequeños arbustos y flores en torno, y quizá ni siquiera a los pájaros. La marcha no tenía nada de agradable.
El árbol no volvió en sí hasta que, en el patio, descargado con los otros árboles, oyó decir a un hombre:
-¡Es espléndido! Elegimos éste.
Después vinieron unos criados totalmente uniformados y llevaron el abeto a un hermoso salón. En torno a sus paredes colgaban retratos y junto a la gran estufa de porcelana había grandes jarrones chinos con leones en las tapas. Había mecedoras, sofás forrados de seda, grandes mesas llenas de libros con láminas y con juguetes por valor de miles de duros -por lo menos, así lo decían los niños-. Y el abeto fue plantado en una gran cuba llena de arena, pero nadie podía ver que era una cuba porque la forraron con una tela verde y estaba sobre una gran alfombra multicolor. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué iría a ocurrir? Tanto los criados como las señoritas de la casa vinieron a adornarlo. De las ramas colgaron pequeñas redes, recortadas de papel de colores; cada red estaba llena de caramelos; manzanas y nueces doradas colgaban como si hubiesen crecido allí y más de cien velitas rojas, azules y blancas fueron fijadas en las ramas. Muñecas que parecían vivas como si fueran personas -el árbol no había visto nunca nada igual- pendían de las ramas, y justo en la cima fue colocada una gran estrella de papel dorado. Era espléndido sin comparación.
-¡Esta noche! -decían todos-. ¡Esta noche estará deslumbrante!
«¡Oh -pensó el árbol-, ojalá fuera ya de noche y las luces estuvieran encendidas! ¿Y qué ocurrirá? ¿Vendrán los árboles del bosque a verme? ¿Vendrán volando los gorriones a la ventana? ¿Echaré raíces aquí y seguiré estando adornado durante el invierno y el verano?»
No estaba muy informado, que digamos. Y tenía verdadero dolor de corteza de pura ansia, y el dolor de corteza es tan malo para un árbol como el dolor de cabeza para nosotros.
Por fin encendieron las velas. Qué brillo, qué resplandor. El árbol temblaba por todas sus ramas, tanto que una de las velas prendió fuego a una de ellas, ¡huy, lo que dolía!
-¡Dios mío! -gritaron las señoritas, y lo apagaron a toda prisa.
Entonces el árbol ya no se atrevió a mover una hoja. ¡Oh, era horrible! Tenía tanto miedo de perder algo de su esplendor; estaba aturdido de tanto brillo… y de pronto, la puerta de dos hojas se abrió de par en par y una multitud de niños se precipitó como si fuesen a derribar el árbol. Las personas mayores venían muy serias detrás; los pequeños estuvieron callados, pero sólo un instante, porque en seguida comenzaron a armar ruido de nuevo. Bailaron en torno al árbol y arrancaron un regalo tras otro.
«¿Qué es lo que están haciendo? -pensó el árbol-. ¿Qué va a ocurrir?» y las velas se gastaron hasta llegar a las ramas y fueron apagadas cuando se consumieron y entonces los niños obtuvieron permiso para saquear el árbol. ¡Ah!, se precipitaron sobre él, de modo que crujieron todas las ramas; de no haber estado sujeto por la cima y la estrella de oro al techo, lo hubieran tirado.
Los niños bailaron alrededor con sus preciosos juguetes. Nadie se fijó más en el árbol salvo la vieja niñera, que fue a mirar entre las ramas, pero sólo para ver si no se había quedado olvidado algún higo o alguna manzana.
-¡Un cuento, un cuento! -gritaron los niños, empujando a un hombrecillo obeso hacia el árbol. Se sentó bajo él:
-Como si estuviésemos en el bosque -dijo- y al árbol le gustará también mucho oírlo. Pero contaré sólo un cuento. ¿Queréis oír el de Ivede-Avede, o el de Terrón Coscorrón, que se cayó por la escalera pero subió al trono y se casó con la princesa?
-¡Ivede-Avede! -gritaron unos-. ¡Terrón Coscorrón! -gritaron otros. Todo era puro clamor y grito; sólo el abeto se mantenía callado y pensaba:
«¿No tendré que figurar también en esto? ¿Tendré que hacer algo?»
Y claro está que había figurado y había hecho cuanto tenía que hacer.
Y el caballero contó el cuento de Terrón Coscorrón, que cayó por la escalera y, sin embargo, se sentó en el trono y se casó con la princesa. Y los niños aplaudieron y gritaron:
-¡Cuenta, cuenta! -porque querían también el de Ivede-Avede, pero tuvieron que conformarse con el de Terrón Coscorrón.
El abeto estaba quietecito y pensativo: nunca los pájaros del bosque habían contado cosas semejantes.
«Terrón Coscorrón cayó por la escalera y, sin embargo, se casó con la princesa. ¡Sí, sí, así pasa en el mundo! -pensó el abeto, convencido de que era verdad lo que aquel caballero tan fino había contado-. ¡Vaya, quién sabe, quizá me caiga yo también por la escalera y me case con una princesa!», y se regocijó al pensar que al día siguiente sería cubierto con velas y juguetes y frutas doradas.
«¡Mañana no temblaré! -pensó-. ¡Voy a gozar plenamente de todo mi esplendor! Mañana oiré de nuevo el cuento de Terrón Coscorrón y quizá el de Ivede-Avede», y el árbol permaneció en silencio y pensativo la noche entera.
Por la mañana entraron el criado y la criada.
«Ahora -pensó el árbol- comenzarán a adornarme de nuevo»; pero lo arrastraron de la sala, escaleras arriba, entraron en el desván y allí lo dejaron, en un rincón oscuro, donde no llegaba luz alguna.
«¿Qué significará esto? -pensó el árbol-. ¿Qué tendré que hacer aquí? ¿Qué tendré que oír?»
Y se mantuvo contra la pared y pensó y pensó. Y tuvo mucho tiempo, porque pasaron días y noches. No subía nadie y cuando por fin alguien vino, fue para poner unas grandes cajas en el rincón. El árbol estaba muy escondido, creeríase que había sido olvidado por completo.
«¡Ahora es invierno! -pensó el árbol-. La tierra está dura y cubierta de nieve, los hombres no pueden plantarme; por lo tanto tengo que estar aquí en depósito hasta la primavera. ¡Qué bien pensado! ¡Qué inteligentes son los hombres! Si no estuviera esto tan oscuro y tan espantosamente solitario. Ni una pequeña liebre acierta a pasar. Era tan agradable allá en el bosque cuando había nieve y la liebre pasaba brincando. Sí, incluso cuando brincaba sobre mí, aunque no me gustase entonces. ¡Esto es espantosamente solitario!»
-¡Pi, pi! -dijo justo entonces un ratoncito asomándose y otro le siguió. Olisquearon el abeto y corretearon entre sus ramas.
-¡Hace un frío horrible! -dijo el ratoncito-. A no ser por eso se estaría muy bien aquí. ¿No es verdad, viejo abeto?
-¡Yo no soy viejo! -dijo el abeto-. ¡Hay muchos más viejos que yo!
-¿De dónde vienes? -preguntaron los ratones-. ¿Y qué sabes? -eran terriblemente curiosos-. Háblanos del sitio más bonito de la tierra. ¿Has estado allí? ¿Has estado en la despensa, donde hay quesos en los estantes y los jamones cuelgan del techo, donde se baila sobre velas de sebo y se entra delgadito y se sale gordo, gordo?
-No lo conozco -dijo el árbol-, pero conozco el bosque, donde brilla el sol y donde cantan los pájaros -y entonces les contó acerca de su juventud. Los ratoncitos no habían oído nunca nada semejante. Escucharon con la boca abierta y dijeron:
-¡Oh, cuánto has visto! ¡Qué suerte has tenido!
-¿Yo? -dijo el abeto, y reflexionó sobre lo que había contado-. Sí, después de todo, fueron tiempos muy divertidos -y les contó la Nochebuena, cuando había sido adornado con velas y dulces.
-¡Oh! -dijeron los ratoncitos-. ¡Qué suerte has tenido, viejo abeto!
-¡Yo no soy viejo! -dijo el árbol-. Al contrario, en este invierno en que he venido del bosque, me encontraba en mi mejor edad, apenas si he terminado de crecer.
-¡Qué bien lo cuentas! -dijeron los ratoncitos.
Y la noche siguiente vinieron con cuatro más, para oír al árbol contar su historia y cuanto más contaba, con mayor frecuencia se acordaba de todo y pensaba:
«A pesar de todo, fueron tiempos muy divertidos. Pero volverán, volverán. Terrón Coscorrón se cayó por la escalera y, sin embargo, se casó con la princesa. Quizá también yo me case con una.»
Y entonces recordó un gracioso abedul que crecía en el bosque y que, para el abeto, era una verdadera princesa.
-¿Quién es Terrón Coscorrón? -preguntaron los ratoncitos.
Y entonces el abeto les contó todo el cuento. Podía recordarlo palabra por palabra y los ratoncitos estuvieron a punto de brincar hasta la cima del árbol de tanto como les divirtió.
La noche siguiente vinieron muchos ratones más y el domingo incluso dos ratas. Pero dijeron que el cuento no era nada divertido y esto puso muy tristes a los ratoncitos, porque entonces también ellos pensaron que no era una gran cosa.
-¿Y ése es el único cuento que sabe usted? -preguntaron las ratas.
-Sólo éste -contestó el árbol-. Lo oí contar durante mi noche más feliz, pero entonces no sabía lo feliz que era.
-¡Es un cuento malísimo! ¿No sabe usted ninguno sobre tocino y velas de sebo? ¿Ningún cuento de despensa?
-¡No!-dijo el árbol.
-Pues muchas gracias -contestaron las ratas y se volvieron a casa.
Al fin hasta los ratoncitos dejaron también de venir y entonces el árbol suspiró:
-Pues no dejaba de ser agradable tenerlos sentados a mi alrededor, a los traviesos ratoncitos, escuchando lo que yo contaba. ¡Ahora también se han ido! Pero tendré cuidado de divertirme cuando vuelva a salir.
¿Pero cuándo iba a ocurrir aquello de volver a salir?
Pues sí, ocurrió una mañana en que vino gente y revolvió en el desván. Quitaron las cajas y sacaron el árbol; lo tiraron con pocos miramientos al suelo, pero en seguida un criado lo arrojó por la escalera a donde había luz.
«¡Ahora comienza la vida de nuevo!», pensó el árbol. Sintió el aire libre, los primeros rayos del sol, y entonces se encontró en el patio. Todo ocurrió tan rápido que el árbol se olvidó de mirarse, tanto había que mirar alrededor. El patio daba a un jardín donde todo florecía. Las rosas colgaban frescas y fragantes sobre la barandilla, los tilos estaban en
flor, y las golondrinas volaban y decían: «¡chuit, chuit, chuit, ha venido mi marido!», pero no se referían con ello al abeto.
-¡Ahora voy a vivir! -gritó lleno de alegría, alargando sus ramas.
¡Ay!, estaban todas secas y amarillas. Había caído en el rincón entre la maleza y las ortigas. La estrella de papel dorado estaba todavía en la cima y brillaba al sol espléndido.
En el patio jugaban algunos de los alegres niños que habían bailado en torno al árbol durante la Nochebuena y que tanto les había gustado. Uno de los pequeños corrió y arrancó la estrella de oro.
-¡Mira lo que todavía queda en el repugnante, viejo árbol de Navidad! -dijo, pisoteando las ramas, que crujieron bajo sus botas.
Y el árbol miró todo el esplendor de las flores y el frescor del jardín, se miró a sí mismo y deseó no haber salido de su oscuro rincón en el desván. Recordó su verde juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncitos que con tanto gusto habían oído el cuento de Terrón Coscorrón.
-¡Todo acabó! ¡Todo acabó! -dijo el pobre árbol-. Si me hubiera alegrado mientras podía. ¡Todo, todo acabó!
Y vino el criado y partió el árbol en pequeños trozos, hasta formar un montón. Ardió espléndidamente bajo la gran caldera y suspiró tan hondo que cada suspiro era como un pequeño disparo. Por eso acudieron los niños que jugaban. Se sentaron ante el fuego, lo contemplaron y gritaron: «¡Pif, paf!».
Pero a cada estampido, que era un hondo suspiro, el árbol pensaba en un día de verano en el bosque, en una noche de invierno allá, cuando brillaban las estrellas. Pensaba en la Nochebuena y en Terrón Coscorrón, el único cuento que había oído y que sabía contar, y de esta forma se consumió el árbol.
Los niños jugaron en el patio y el más pequeño llevaba sobre el pecho la estrella de oro que el árbol había lucido en su noche más feliz.

sábado, 2 de enero de 2010

LAS AVENTURAS DE PULGARCITO

En la primera historia, de nombre Pulgarcito, una pareja de campesinos sin hijos desea tener uno, y pide en voz alta que quieren tener un hijo «sin importar cómo sea de pequeño». Siete meses más tarde la mujer tiene un bebé que «no es más grande que un pulgar», y por ello deciden llamarle Pulgarcito

No le escatimaban la comida, pero el niño no crecía y se quedó tal  como era cuando nació. Sin embargo, tenía ojos muy vivos y pronto dio muestras de ser muy inteligente, logrando todo lo que se proponía.

Era tan pequeñito como un dedo gordo. Vivía esquivando pisotones y dormía la siesta en tazas de té. Pulgarcito hablaba poco, y escuchaba mucho. Una noche hubo tres frijoles en cada plato. Los papás y los siete hermanos los comieron despacito, en silencio, aunque todos pensaban en la misma hambre. Antes de dormir, Pulgarcito se colgó del picaporte del dormitorio de sus papás y paró bien la oreja.

PULGARCITO
La leña no se vendía, quedaba un pan duro, y tantos hijos. Esa noche Pulgarcito escuchó llorar a los padres mientras organizaban un plan y tampoco él pudo dormirse con las cosas que había oído. Al día siguiente, el padre llevo a sus siete hijos al bosque. Pulgarcito fue tirando piedritas por todo el camino. Cuando estuvieron bien adentro, el padre se puso a cortar leña; los hijos juntaban ramitas. Cuando los hermanitos se dieron cuenta, estaban solos en medio del bosque. Llamaron al padre a los cuatro vientos. - ¡Papá! ¡Papito! Pulgarcito no gritaba, sabía que su papá no iba a volver. En camino, les dijo a sus hermanos que siguieran las piedras y, así, pudieron volver a casa. Los niños se escondieron detrás de la puerta y oyeron que los padres discutían. La mamá preguntaba:

- ¿Dónde estarán mis hijitos? ¿Se los habrán comido los lobos


Entonces empujaron la puerta y dijeron: - ¡Aquí estamos!

Los papás se pusieron contentos de verlos de nuevo. La mamá les lavó los pies y, de cena, les contó un cuento. Al día siguiente los leñadores cobraron unas monedas que les debían. La alegría inundó la casa, y duró tanto como las monedas. Poco a poco la comida fue escaseando. Hubo menos carne y más pan, menos pan, más hambre. Pulgarcito oyó a sus papás llorar. No podían ver hambrientos a sus hijos. Al otro día buscó piedrecita, pero no encontró. En el almuerzo Pulgarcito no comió. Guardó en su bolsillo el pedacito de pan que le tocaba y sintió un hambre gigante rodar por su cuerpo pequeñito. A la tarde el padre fue con sus siete hijos al bosque. Pulgarcito tiraba miguitas de pan por el camino; la barriga le crujía como si supiera. Cuando llegaron a la parte más honda y espesa, el padre se puso a cortar leña; los hijos juntaban ramitas. Cuando el papá vio que estaban ocupados, los dejó en el bosque. Los hermanos competían a ver quién juntaban ramitas más largar, ramitas más anchas y más ramitas.

Pero llegó la oscuridad, el hambre, el cansancio. Y se dieron cuenta. Llamaron al padre, gritaron a los cuatro vientos. - ¡Papá! ¡Papito! Pulgarcito callado. Los hermanos se desesperaron. Pulgarcito les hizo una seña y empezaron a seguir las huellas del pan. Caminaron, caminaron. De pronto las miguitas desaparecieron. No estaban aquí, no estaban allá. Y los pájaros volaban contentos con la panza llena. Ahora sí que estaban perdidos. Los hermanitos daban vueltas y vueltas por el bosque. Los aullidos de los lobos los rodeaban, el frío oscuro los desgarraba de abandono.

Al Pulgarcito el hambre se le hizo miedo, y el miedo, valentía. Entonces vio una luz lejana. Después de andar un rato llegaron a una cabaña. Pulgarcito golpeó la puerta y una mujer enorme le sonrió. Le contó que estaban perdidos, le pidió pasar una noche en su casa. - ¡Aquí vive el ogro Comeniños! – dijo la señora. Pero Pulgarcito oía los lobos aullando y aullando y prefirió al ogro. La señora sentó a los siete hermanitos junto al fuego, hasta que se oyeron pasos gigantes. Entonces los escondió debajo de la cama. El ogro gritó a la esposa porque la casa estaba desordenada y le pidió la cena. Una vez sentado dijo: - Hay olor a carne fresca. La mujer le dijo que era el ternero, que era el lechón, que era el cordero, que era la sopa que preparaba la vecina. Pero los ogros lo huelen todo, y éste fue derechito debajo de la cama. Agarró a los siete niños con una mano y se los imaginó con salsa de tomate. – Prepara la salsa que me los como. – Ah, no golosinas antes de cenar, no- se enojó la mujer-; después no comes la comida. Y le sirvió el lechón asado. – Además estás gordo. Eso fue suficiente para que el ogro se reservara los niños para el desayuno. – Sí, con un huevo frito van a estar riquísimos. Dales de comer, así no adelgazan.

A Pulgarcito y sus hermanos se les fue todo el hambre. Querían adelgazar para no tentar al ogro. Pero si no comían el ogro los miraba enojado y parecía peor. Esa noche la mujer los acostó en una cama deseándoles felices sueños. El ogro había tomado mucho y no tardó en roncar como un dragón. Entonces los niños se escaparon. La casa era tan enorme que no les resultó difícil salir por la ventanita del baño. Caminaron, caminaron. Los aullidos de los lobos parecían amigos, al lado del ogro Comeniños. Nunca los habrían tratado de golosina. Cuando el ogro se despertó y vio que su desayuno no estaba, se puso furioso. Se calzó las botas sus siete leguas y salió a buscar sus siete golosinas.

Los niños lo vieron moverse para todos lados; daba dos pasos y avanzaban muchos kilómetros. Un poco por sus patas de ogro, mucho más por las botas mágicas. - ¡Mis golosinas! ¡Mis golosinas! – gritaba. Entonces Pulgarcito llevó a sus hermanos a una cueva en medio de una piedra enorme. Se escondieron y se abrazaron de frío, de miedo, y con ampollas en los pies. Con las botas se siete leguas era fácil recorrer el bosque en minutos, pero el cansancio se sentí igual. El ogro se recostó al lado de la piedra, pero tan cansado estaba que no olió sus bomboncitos de carne.

Cuando los ronquido de dinosaurios salieron de a puñados, Pulgarcito dejó la cueva y le sacó la botas al ogro, que soñaba con tortas de niños y chocolate. Pulgarcito se las puso y las botas se achicaron al tamaño de sus pies. O sea, mucho. Con tres pasos se orientó en el bosque como si fuera una lagunita. Ubicó la casa de los padres y les indicó el camino a sus hermanos. Con otros tres pasos fue hasta la casa del ogro. Cuando la mujer abrió, Pulgarcito le dijo que su marido estaba en peligro. ¡Unos ladrones lo iban a matar! La única manera de salvarlo era entregándoles inmediatamente todo el oro y el dinero. Para eso el ogro le había prestado sus botas de siete leguas. No había tiempo que perder.

La mujer reconoció las botas y le dio la Pulgarcito todo lo que tenían. Al fin y al cabo, el ogro era gruñón, pero buen marido. En cinco pasos Pulgarcito llegó a su casa; era una montaña de oro ambulante.

Los padres se alegraron mucho de ver a sus siete queridos hijos de nuevo. Nunca se perdonaron los habían hecho; el reproche les sabía amargo como una fuerte puñalada. Esa noche comieron el estofado más rico y la mamá repartió golosinas. Pero ninguno las quiso probar.